He tomado conciencia de donde estaba en medio de un corredor lleno de gente. Llegaba tarde, pero no sentía el agobio que suele acompañar a los retrasos. La oscuridad abarrotada del corredor desembocaba en un espacio cegador. Tras dejar atrás las estrecheces, sentí muy próximo el azul del cielo sobre el verde del césped. No era la primera vez que había estado allí, recordaba nítidamente la sensación de que es mucho más pequeño de lo que parece cuando lo ves en la televisión. Fernando y Alfredo me esperaban ya sentados.
Ellos estaban juntos, a mí me separaba de Alfredo una localidad ocupada por un extranjero cuyo acento no pude identificar. Le pedí que me cambiara el sitio para poder estar al lado de mis amigos, pero se negó poniendo una excusa que no entendí. No tuvimos más remedio que charlar esquivando con movimientos sincronizados de cabeza el estorbo que suponía el guiri.
Como de costumbre, pero esta vez a grandes gritos para salvar el asiento que nos separaba, Alfredo y yo empezamos a meternos con Fernando. Luego entre Fernando y yo chinchamos todo lo que pudimos a Alfredo y más tarde, Alfredo y Fernando pasaron un buen rato deformando mis escasas virtudes y exagerando mis numerosos defectos. Vamos, lo normal. Pronto el extranjero, harto de nuestros chillidos y carcajadas, claudicó y me cedió su asiento para que pudiéramos continuar nuestras chiquilladas molestándole lo menos posible.
Como me pasa con casi todos los sueños, la lógica de este se me escapa. No sé por qué demonios nos disponíamos a ver un partido del Atlético de Madrid, no nos gusta el fútbol, nunca hemos estado juntos en un estadio y, para colmo, de tener que elegir creo que somos del Real Madrid. Pero, como también me suele ocurrir, a pesar de no entender su lógica, entiendo perfectamente lo que siento mientras sueño.
Alcanzamos algo cercano a la felicidad cuando, sin que haya una explicación para ello, nos sentimos apreciados. Aunque no sepamos reconocerlo hasta mucho más tarde, a la mayoría de nosotros nos ocurre durante la infancia. Entonces, cuando somos niños pequeños, somos muy queridos. No por que hayamos triunfado en algún ámbito de la vida, no nos ha dado tiempo, ni siquiera por que seamos de una determinada manera. Nuestros padres, y particularmente nuestra madre, nos quieren sin motivo aparente.
No es fácil volver a sentir ese cariño inexplicable, no tiene nada que ver con lo que se siente por una pareja, que siempre está influenciado por las complicadísimas sutilezas y tiras y aflojas que impregnan al sexo. Sin caer en idealizaciones estúpidas, durante el sueño me he dado cuenta que estar con esos dos desastres andantes es lo más parecido a lo que me ocurría de niño. Con ellos no tengo nada que ocultar, no me avergüenzo de nada, sé que no me juzgarán y que, pase lo que pase, me seguirán apreciando a pesar de mi interminable lista de fallos que, por supuesto, ellos se empeñan en exagerar siempre que pueden.
