jueves, 22 de marzo de 2012

Sentimientos inexplicables


He tomado conciencia de donde estaba en medio de un corredor lleno de gente. Llegaba tarde, pero no sentía el agobio que suele acompañar a los retrasos. La oscuridad abarrotada del corredor desembocaba en un espacio cegador. Tras dejar atrás las estrecheces, sentí muy próximo el azul del cielo sobre el verde del césped. No era la primera vez que había estado allí, recordaba nítidamente la sensación de que es mucho más pequeño de lo que parece cuando lo ves en la televisión. Fernando y Alfredo me esperaban ya sentados.
Ellos estaban juntos, a mí me separaba de Alfredo una localidad ocupada por un extranjero cuyo acento no pude identificar. Le pedí que me cambiara el sitio para poder estar al lado de mis amigos, pero se negó poniendo una excusa que no entendí. No tuvimos más remedio que charlar esquivando con movimientos sincronizados de cabeza el estorbo que suponía el guiri.
Como de costumbre, pero esta vez a grandes gritos para salvar el asiento que nos separaba, Alfredo y yo empezamos a meternos con Fernando. Luego entre Fernando y yo chinchamos todo lo que pudimos a Alfredo y más tarde, Alfredo y Fernando pasaron un buen rato deformando mis escasas virtudes y exagerando mis numerosos defectos. Vamos, lo normal. Pronto el extranjero, harto de nuestros chillidos y carcajadas, claudicó y me cedió su asiento para que pudiéramos continuar nuestras chiquilladas molestándole lo menos posible.
Como me pasa con casi todos los sueños, la lógica de este se me escapa. No sé por qué demonios nos disponíamos a ver un partido del Atlético de Madrid, no nos gusta el fútbol, nunca hemos estado juntos en un estadio y, para colmo, de tener que elegir creo que somos del Real Madrid. Pero, como también me suele ocurrir, a pesar de no entender su lógica, entiendo perfectamente lo que siento mientras sueño.
Alcanzamos algo cercano a la felicidad cuando, sin que haya una explicación para ello, nos sentimos apreciados. Aunque no sepamos reconocerlo hasta mucho más tarde, a la mayoría de nosotros nos ocurre durante la infancia. Entonces, cuando somos niños pequeños, somos muy queridos. No por que hayamos triunfado en algún ámbito de la vida, no nos ha dado tiempo, ni siquiera por que seamos de una determinada manera. Nuestros padres, y particularmente nuestra madre, nos quieren sin motivo aparente.
No es fácil volver a sentir ese cariño inexplicable, no tiene nada que ver con lo que se siente por una pareja, que siempre está influenciado por las complicadísimas sutilezas y tiras y aflojas que impregnan al sexo. Sin caer en idealizaciones estúpidas, durante el sueño me he dado cuenta que estar con esos dos desastres andantes es lo más parecido a lo que me ocurría de niño. Con ellos no tengo nada que ocultar, no me avergüenzo de nada, sé que no me juzgarán y que, pase lo que pase, me seguirán apreciando a pesar de mi interminable lista de fallos que, por supuesto, ellos se empeñan en exagerar siempre que pueden.

jueves, 15 de marzo de 2012

Dieciséis puntos

Me revienta tener que esperar, y más si los que me rodean son tan ruidosos y molestos como lo eran los que aguardaban junto a mí en aquel maldito momento. Para más INRI aquello ni siquiera se podía considerar una cola, era más bien una barullo formado por individuos endomingados que se empujaban unos a otros para llegar a la meta.
Pasamos la vida queriendo ser protagonistas, está en la naturaleza humana. Queremos ser el niño en el bautizo y el muerto en el entierro. No hay nada que objetar cuando lo hacemos dentro de unos limites, sin embargo existe un afán de protagonismo parásito que odio particularmente. El protagonismo de los que aparentan compadecerse más que nadie del que sufre, o alegrarse por un éxito ajeno más que por uno propio. Tras esa pretendida generosidad no hay más que un mezquino afán por llamar la atención. Siempre hay alguien que se abraza al viudo y lloriquea como si fuera él el que ha perdido a su mujer. En realidad ese alguien está encantado sabiéndose el centro de las miradas y comprobando cuanta compasión produce su desgarro solidario.
Estaba yo sumido en estas optimistas consideraciones sobre el ser humano cuando la vibración del iPhone me anuncio un mensaje de Leira. Desde que Ariel había decidido dejar el mundo analógico y convertirse en un ente digital, era mi confidente. Sólo con él era yo capaz de sincerarme del todo. Jamás tardaba en contestar un mensaje o un correo electrónico más de cinco minutos. Hacia cuatro que le había enviado SMS larguísimo contándole lo mal que me sentía en aquella competición para ver quien impostaba una alegría más explosiva. 
Entre los codazos y pisotones de mis histéricos compañeros de espera pude echar un rápido vistazo a la pantalla del teléfono. A pesar de lo incómodo de la situación no tardé más que unos segundos en leer el mensaje de Leira. Los textos se entienden muy bien cuando imaginas lo que van a decir. Siguiendo a pies juntillas el consejo de mi iPepito Grillo, alce la vista sonriendo y, mediante la fuerza más bruta que pude exhibir, me abrí camino y me planté ante la recién casada.
El resto de familiares y amigos, ante la violencia de mi maniobra, se callaron y me observaron expectantes. La novia me miró desencajada al adivinar mis intenciones. Sin darla tiempo a reaccionar, la agarré por la cintura y la besé en la boca.
Lo siguiente que recuerdo fue mi despertar en la Urgencia del hospital. Al parecer al novio no le gustó en exceso mi comportamiento y me estampó una cámara de fotos. Mi cabeza resultó menos robusta que la Nikon DR SLR; a mí me cosieron 16 puntos, al parecer, la máquina quedó como nueva. Poco después de que me dieran el alta, según me dirigía a casa aún vestido con un chaqué empapado en sangre coagulada, recibí un mensaje de Leira.
-Según el último Twitter del novio, lo que más le dolió no fue tu locura, sino que la novia no pareció rechazar tu beso, más bien al contrario. Ya ha contactado con un abogado, será la uno de los matrimonios más cortos de la historia. Por cierto, te desea una lenta y dolorosa recuperación. - 
A pesar del dolor de cabeza me sentí muy bien. No lo había hecho en las mejores circunstancias, pero por fin había sido capaz de declararle mi Amor a Blanca. 

sábado, 10 de marzo de 2012

Leira





Entré en el despacho preso de la excitación, los resultados del último experimento confirmaban plenamente la hipótesis que habíamos formulado hacía casi dos años. Aquello representaba el final de mucho esfuerzo, la superación de muchas dificultades, un triunfo mayúsculo. Ya sólo faltaba culminar la tarea recopilando todos los datos y redactando el articulo que contara nuestro descubrimiento. En nuestras carreras habría un antes y un después de la publicación de aquel  hallazgo. A aquellas horas de la noche ya solo quedaba Ariel, el compañero con el que empecé a trabajar en aquel proyecto de investigación hacía más tres años años.


Ariel y yo tardamos algunos meses en acoplarnos, no era fácil colaborar en un proyecto tan complejo y, por qué no decirlo, en los laboratorios no cabe un freaky más, y tanto Ariel como yo teníamos nuestras rarezas. Sin embargo, una vez dejamos atrás nuestros conflictos iniciales a la hora de planificar el trabajo, Ariel resultó ser un buen compañero de trabajo, y bastante divertido.
En la soledad del despacho que durante el día acogía a más de doce científicos, estuve más de media hora comentando los resultados con él. Poco a poco mi excitación fue dando paso a una profunda sensación de cansancio, el cansancio agradable que sigue a la sensación del deber cumplido. Me despedí de Ariel y me dirigí a casa, a dormir sin despertador.
Justo antes de entrar en el coche sonó una entrada en el WhatsApp, era él.
-No olvides que me debes un cheque-regalo en el Apple Store-
-No me olvido, capullo-, tecleé.
Sonreí mientras arrancaba el coche y recordaba la cena de la semana anterior. Tras el penúltimo experimento, Ariel me había invitado a comer todo el sushi que me cupiera entre pecho y espalda, que era mucho. Cuando apurábamos el último sake le pregunté que a qué quería que yo le invitara a él si el último experimento funcionaba. Estaba acostumbrado a las excentricidades de Ariel, pero aún así su respuesta me sorprendió. Quería una cuenta en el Apple Store por el importe de una cena. Al mostrar mi sorpresa, el se limitó a contestar.
-Si terminamos con bien este proyecto, ya no comeré más sushi-
El recuerdo de su enigmática frase, a la que en el momento no di más importancia, me hizo caer en la cuenta de lo extraño que fue el comportamiento de Ariel desde aquella cena. Desde entonces, en realidad, Ariel no había dicho gran cosa, se había limitado a escuchar. Que no dijera nada no significa que no se comunicara, pero todo lo decía a través del correo electrónico o de los mensajes cortos en Twitter o WhatsApp. Ni siquiera era capaz de recordar la última vez que había oído la voz de Ariel.
Me acosté feliz pero con una vaga sensación de intranquilidad. No recuerdo lo que soñé, señal inequívoca de que dormí profundamente, pero creo que estuve toda la noche dando vueltas a Ariel por que me desperté con él en mente.
A la mañana siguiente, en cuanto llegué al laboratorio, lo busqué, pero no estaban ni él ni sus cosas. Su puesto de trabajo en el laboratorio estaba ordenado y vacío. Y todos los objetos personales habían desaparecido de su escritorio. Me dirigí a la oficina del jefe. Ariel debía haberle enviado los últimos resultados por que me recibió con la sonrisa de los experimentos exitosos y con la alegría del momento en que el trabajo en el laboratorio acaba, dando paso a la escritura del articulo. Tras comentar los experimentos le pregunté por Ariel.
-¿No te lo dijo? Pensé que teníais más confianza.- El jefe parecía sorprendido. -Hace ya meses que Ariel me dijo que en cuanto acabara el trabajo experimental dejaría el laboratorio. Me pidió que lo mantuviera en secreto por que no quería fiestas de despedida. Pero pensé que a ti sí te lo habría dicho.-
Me sentí muy defraudado, después de tanto tiempo juntos, no creí que Ariel fuera capaz de irse sin siquiera despedirse. Al salir del despacho del jefe le envíe un mensaje. No obtuve respuesta. Según el contador, Ariel se había conectado por ultima vez tras el ultimo WhatsApp sobre el regalo en el Apple Store. Su cuenta de correo en el Instituto ya estaba dada de baja y no intenté llamarle a su iPhone. Ariel era famoso por no usarlo nunca para hablar.
Me sentí como cuando alguien próximo muere en un accidente; solo ante un vacío vertiginoso e inesperado. Echando de menos a Ariel, empecé a escribir nuestro artículo.
No llevaba ni media hora trabajando cuando entró un correo electrónico. A juzgar por el enunciado del asunto lo enviaba, sin duda, Ariel.
Re: ¿No habrás empezado a escribir el articulo sin mi, verdad, capullo?
Contesté de inmediato.
- ¿Pero dónde coño estás, como te has podido ir sin decirme nada?
No habían pasado ni dos minutos cuando el siguiente mensaje de Ariel entraba en mi ordenador.
- ¡No me he ido a ningún sitio! Aquí estoy y aquí estaré, seguiremos en contacto siempre que quieras, a través de la nube. Pero no me busques, no estaré más en la vida real, me he aburrido de ella. ¿Como organizamos la escritura de artículo?
Aún recuperándome de la impresión que me causó el mensaje me fijé en su nueva dirección de correo electrónico: Soy_Leira@gmail.com.

domingo, 26 de febrero de 2012

La mitad de dos

La conversación irónica e intranscendente pronto dio paso a una charla más sincera. Las tímidas sonrisas se transformaron en miradas francas y directas. A un par de cañas con unos pinchos en un bar abarrotado y ruidoso siguieron dos gin tónics en un local de luz tenue y música tranquila. Allí empezó el contacto físico; tras un silencio largo pero cómodo, él se aproximo a una distancia totalmente inapropiada para dos extraños. Ella, al mantener la posición, dijo que sí sin tener que despegar los labios. Se besaron de una manera muy natural, nadie hubiera dicho que aquel fue su primer beso.

El primer beso puede determinar una relación. El beso entre ellos fue, sobre todo, sincero. Ninguno tuvo que fingir que aquello no era el culmen; los dos sintieron que aquel beso era un fascinante punto de partida. Pronto las caricias y los besos en un local público, por discreto que fuera, fueron insuficientes. Los dos necesitaban más, pero él sabía que ella no haría nada al respecto, y ella contaba con que él tomaría la iniciativa. Así lo hizo.

Tener que abandonar el confortable anonimato de un local discreto y en penumbra por la exposición pública y la luz cegadora de la recepción de un hotel es traumático. Pero ambos asumieron el trámite con toda la naturalidad que pudieron, la recompensa que se adivinaba tras pasar el trago bien podía merecer la pena.

Mereció la pena. Ni bien cerraron la puerta de la habitación 212 y colocaron entre risas el cartel de "Don't disturb", se sintieron a salvo. Allí pudieron dar rienda suelta a todo lo que habían reprimido durante horas. Él se concentró en que ella sintiera lo que jamás había sentido. Ella hizo lo mismo. Al principio se regañaban con las dulces reprimendas de enamorados recientes: los dos quería que el otro se relajara, se abandonara, y se dejara hacer. Después, por turnos, se abandonaron totalmente el uno en el otro. Se entregaron sin reservas, dedicaron toda su voluntad a complacerse mutuamente, de la manera más generosa.

La noche fue larga. Alternaron sueños cortos y ligeros con encuentros de todo tipo. Dulces y prolongados, rápidos y violentos, silenciosos, plagados de gritos y jadeos... Al amanecer el cansancio pudo con ellos y se quedaron dormidos, abrazados, tan cerca que respiraban el mismo aire.

Un estruendo inesperado los despertó, se miraron desconcertados. No reconocían la habitación, ni la situación. Tardaron seis llamadas en darse cuenta que un teléfono sonaba y tres llamadas más en identificar el teléfono. Era el de él.

-¿Hola, cariño, me he dormido, qué tal los niños?- Contestó mientras se dirigía al cuarto de baño.

domingo, 12 de febrero de 2012

La comunicación de los vasos

Vio a Laura por primera vez con apenas catorce años y quedó profundamente enamorado de ella. La combinación entre el despertar sexual y el tránsito de la mentalidad infantil a la adolescente resultó explosiva. Durante años no se la pudo quitar de la cabeza, a pesar de que ella casi siempre lo ignoró de una manera despiadada. Laura terminó por cambiar de ciudad y se estancó, él se quedó en la misma barriada, pero se las ingenió para progresar en sus estudios.
La volvió a ver en la Universidad, entonces se llamaba Inmaculada. Esta vez fue ella la que cayó perdidamente enamorada de él, estuvieron un par de años juntos. Pero la relación naufragó, ella quería matrimonio y niños lo antes posible. Él quería lo mismo, pero mucho más tarde. El desfase temporal fue insostenible. 
Más tarde fue Irina y se casaron en San Francisco. Ella consiguió por fin lo que quería, y él también creyó que lo conseguía. Pero las eternidades pueden llegar a ser muy cortas, pronto él se dio cuenta que la atracción mental puede ser mucho más frágil y caprichosa que la física; y que el matrimonio no ayuda a robustecer ni la una ni la otra. La relación acabó como el rezo de algunos rosarios al amanecer. Se divorciaron.
Durante el tiempo en que él se intentaba concentrar en su carrera profesional, la conoció como María. Era tan joven y atractiva como firme en el rechazo. Todas y cada una de las veces que él intentó acercarse María se las ingenió para separarse lo justo para mantener la misma distancia entre ambos. El esfuerzo por acercarse y la imperturbable equidistancia resultó extenuante.
Poco después se presentó como Blanca. Se casaron por segunda vez, fueron felices y tuvieron un montón de hijos. Pero de nuevo la eternidad se convirtió en un suspiro. Volvió a aparecer y ahora se llamaba, otra vez, Laura. 
Ella ha ido cambiando de nombre, él siempre ha sido Fernando. 

jueves, 2 de febrero de 2012

Para eso están

Yo estaba sentada junto al pasillo. Él se acercó lentamente, juraría que no dejó de mirarme un momento, pero no puedo estar segura; no quería que se diera cuenta que yo también me había fijado en él, así que clavé mi vista en el editorial de La Vanguardia, aunque en realidad no lo leía. Se paró a mi lado.
-¿Perdona, me dejas?
-¿Éh?- 

Lo último que esperaba es que se dirigiera a mi. Debí quedar como una idiota; tardé una eternidad en darme cuenta de que su asiento era, precisamente, el de mi izquierda. Dejó su mochila en el compartimento superior, se sentó y se sumergió en El Mundo. Yo continúe fingiendo que leía y adopté un aire despreocupado, pero no era más que una pose. Sentía como su mirada se desviaba constantemente hacia la derecha, sobre mí. Pronto caí en la cuenta de que un pliegue de mi camisa dejaba a la vista mi sujetador. Sonreí recordando lo mucho que me gustaba el conjunto de ropa interior que llevaba.
Tras despegar continuamos jugando al escondite con la mirada. Me apetecía hablar con él, me pareció guapo y me gustaba el olor de su colonia. Empecé a relajarme y a intentar que cruzáramos las miradas, estaba dispuesta a sonreírle en cuanto entráramos en contacto. No hubo manera, era consciente de que no me quitaba la vista de encima, pero en cuanto yo miraba a mi izquierda él parecía esconderse en el periódico.

Cambié de táctica, cogí mi bolso y lo abrí torpemente, dándole un codazo.

-¡Oh, lo siento!- 

Ensayé la mejor de mis sonrisas, mientras fingía buscar algo en el interior del bolso. Pero él se limitó a balbucir algo que no entendí y continuó leyendo. 
Tiré al toalla compadeciéndome a mi misma, siempre creí ser una mujer atractiva y solía pensar que no era fácil que un hombre no se interesara por mí. ¿Estaría perdiendo mi encanto?. Sonará como una chiquillada pero me sentía herida, en cuanto aterrizó el avión me levanté bruscamente, estaba deseando alejarme de él. A punto estuve de tirar mi bolso, y eso hubiera sido una tragedia. Sin darme cuenta lo había dejado abierto de par en par y, de haberse caído, habría sembrado el pasillo del avión con todas mis cosas. Ya había hecho bastante el ridículo por un día sin necesidad de dejar a la vista mis intimidades. Debía estar muy sensible, por que cuando llegué a mi casa casi estaba llorando. Abrí el dichosos bolso para buscar la llave y entonces la vi.
Carlos Orlac - Director, Programa de Investigación Preclínica. Instituto de Investigación ... Sólo había una palabra manuscrita en la tarjeta: Llámame.
Supe que había sido él, debió introducir la tarjeta en mi bolso mientras yo estaba distraída, sumida en la autocompasión. No pude entrar en casa, me tuve que sentar junto a la puerta para recuperarme de la impresión. Lo único que recuerdo es que pensé: - Después de todo, para eso están las tarjetas de visita-.

domingo, 22 de enero de 2012

El Borrego y el Mono

No mucho después de la pelea en la mesa de ping-pong mis padres me cambiaron de colegio. Como el Borrego no vivía cerca de mi casa y no era de mi panda de amigos, no supe más de él. Pero no me cuesta imaginar qué fue de aquel chico. Sin ser un empollón sacaba buenas notas, entre Bien y Notable. Pero había algo en lo que sí destacaba claramente: Dibujo. Cada vez que la profesora nos encargaba un ejercicio libre, el Borrego nos dejaba a todos boquiabiertos. Recuerdo muy bien un retrato en tonos rojos de su madre, creo que fue la primera vez que un dibujo me emocionó.
Probablemente el Borrego estudiaría Arquitectura Técnica, no lo veo siendo un artista. Quizá por que lo recuerdo como un chico con los pies muy en el suelo, consciente de lo difícil que es ganarse la vida con el arte. Si no le ha ocurrido ninguna desgracia será un profesional, habrá llegado donde sus padres querían.
Sí supe del Mono. Coincidí con él muchas veces en el autobús de la línea 9, durante bastante tiempo el único medio de transporte que comunicaba mi barrio con el centro. Fui testigo de su deterioro a causa de un sidazo. El pobre Mono aprendió demasiado tarde que por mucho que pases tu vida traspasando límites, siempre hay alguien dispuesto a llegar más lejos que tú. No sé si le contagio, durante sus frecuentes estancias en la cárcel, otro preso con menos remilgos que él a la hora de saciar necesidades sexuales o si el virus entró a través de una jeringuilla, tanto da. La última vez que lo vi era una caricatura de aquel chico pendenciero y desafiante, tenía el miedo en la mirada. Creo que por primera y única vez le llamé por su nombre de pila: Andrés. A pesar de tener sólo veintitantos le quedaban pocas semanas de vida. 
Puede que aquella tarde en la mesa de ping-pong Andrés se saliera con la suya. Pero el Borrego hizo lo correcto, no seguir pegando a alguien que sangra, un código que casi todos respetábamos. Podría haber machacado al Mono, en realidad el Borrego era bastante más ágil e inteligente, pero eligió recibir una paliza. Estoy seguro que ese autocontrol le habrá sido muy útil a lo largo de su vida.  
Imagino que más de una vez el Mono se debió sentir igual que el Borrego cuando cayó al suelo, derrotado ante un salvaje fuera de si. Y quiero creer que antes de morir se arrepintió de la paliza y quiso retroceder en el tiempo, para aceptar la mano que le ofrecieron tras la primera sangre. 

martes, 17 de enero de 2012

Los límites del ping-pong

Tras salir del clase los locos del ping-pong corríamos como alma que lleva el diablo hacia la mesa que estaba en el patio del colegio, debajo de un tejado que la protegía de la lluvia. El orden de llegada marcaba el orden en que jugábamos. El que anotaba antes seis puntos ganaba y continuaba jugando, el perdedor dejaba su puesto al siguiente. Normalmente éramos más de una docena los chavales que alrededor de la mesa esperábamos nerviosos nuestro  turno.
Aquella tarde el Borrego, uno de los pocos que no tenía un mote, bastante tenía el pobre con su primer apellido, estaba inspirado. Uno tras otro iba derrotando a todos los aspirantes, y con cada victoria parecía jugar mejor.


Llevaba el Borrego más de media hora ganando cuando empezó a notar que el Mono, un chico bastante amargado y pendenciero, se impacientaba y protestaba por todo. Que si el Borrego tardaba mucho en sacar, que si se estaba chuleando, que si cuando ganaba un punto ponía cara de gilipollas...
Como era fácil de prever, cuando la partida entre el Borrego y el Mono se resolvió con una contundente victoria del primero, el segundo pasó de las provocaciones a las bofetadas. Siguiendo la costumbre del barrio, lejos de intentar separarlos, el resto de chicos formamos un corro alrededor de los contendientes al grito de - ¡Pelea, Pelea! -.
El Borrego peleaba tan bien como jugaba al ping-pong.  Tras una serie de forcejeos, alcanzó con un fuerte puñetazo la nariz del Mono, que empezó a a sangrar copiosamente. La sangre señalaba siempre el fin de las peleas:
 -Joder, Mono, perdona. ¿Estás bien?-
Cuando creímos que todo acabaría allí, el Mono se revolvió con la mirada incendiada y llena de odio. Cargó contra el Borrego como un toro herido. Este, sorprendido, se limitó a apartarse. El Mono perdió el equilibrio, se dio de bruces contra la mesa y empezó a sangrar también por una mejilla. Aquello estaba fuera de control y los que asistíamos a la pelea empezamos a sentirnos nerviosos y desorientados. Los comentarios jocosos y las risas dejaron paso al silencio. El Mono volvió a embestir con más furia aún. El Borrego se volvió a apartar, cada vez más agobiado. No sabía que hacer, bajo ningún concepto quería seguir golpeando a alguien que sangraba de aquella manera. Los forcejeos continuaron de la misma manera durante unos minutos interminables, el Mono seguía fuera de si. Llegó un punto en que el Borrego dejó de defenderse y el Mono empezó a sacudirle sin piedad, hasta que el Borrego empezó también a sangrar y cayó al suelo, momento en el que el Mono aprovechó para emprenderla a patadas con él. Lo único que calmó al Mono fue ver que el Borrego ya no se movía y no dejaba de sangrar.
Aquella tarde el Borrego, y todos los que asistimos petrificados a la brutalidad del Mono, aprendimos a reconocer una de las formas más paralizantes del miedo. La certeza de que tu oponente no dudará en traspasar límites que tu jamás podrías superar. No recuerdo que nadie más ganara al ping-pong al Mono desde aquello, y el Borrego dejó de jugar en la mesa del colegio. Yo también.

sábado, 14 de enero de 2012

De una barriada

En algún sitió leí que uno es de donde quiera que haya estudiado el bachillerato. Debe ser verdad. Hay una edad, entre los doce y los veinte años, en que nuestra personalidad parece forjarse para siempre, bien o mal. Si se ha vivido en distintas ciudades, se suele decir que se es del lugar en que se vivía durante ese periodo.
El carácter de Carlos se forjó en Madrid, en una barriada de trabajadores. Excepto en la distancia física, la barriada de Carlos estaba muy lejos de la parte noble de la ciudad. Se parecía mucho más a otras barriadas de Barcelona, Sevilla o Bilbao que a lo que Carlos llamaba “el centro” de Madrid.
Es curioso, excepto un porcentaje ínfimo de la población, todos somos trabajadores, pero con esa palabra tiende a definirse a un segmento muy concreto: aquellos que viven en barrios deprimidos o sea, barriadas, ganan lo suficiente como para dar de comer a su familia y para que, con las economías adecuadas, sus hijos puedan estudiar y ser algo más que ellos. Nadie llama a un médico o a un abogado trabajador, ellos son profesionales. ¡Como si un barrendero no fuera un profesional o un fiscal no fuera un trabajador!.
Carlos creció como uno de tantos chavales de su barriada. Cuando volvía del colegio agarraba un bocadillo y “bajaba a la calle” con sus amigos. Con ellos y nunca bajo la supervisión de un adulto, compartió su adolescencia.  A ninguno se le conocía por su nombre, todos tenían mote: el Fati, el Caco,  el Letras, el Flaco, el Búho, el Filín, el Pera, el Negro, el Tinín, el Marciano, el Orejas, el Rata... Probablemente los mismos apodos se repetían en barriadas de ciudades muy distintas. Muchos de aquellos chavales no llegaron muy lejos, murieron mucho antes de tiempo, víctimas del SIDA o de otros estragos de la heroína. Otros, como Carlos, llegaron donde sus padres querían.
Muchos años después, tras haber vivido en distintas ciudades, cuando hijos de profesionales del centro de las ciudades, tras hacer gala de su nación de origen, preguntaban a Carlos que de donde era, este no mencionaba ningún país o ciudad. Se limitaba a reconocer que era de una barriada cualquiera de trabajadores.

martes, 10 de enero de 2012

Especular (II)



El caso es que tenía la idea del cuento muy clara. Se me ocurrió a raíz de la última tregua de ETA. No me gustó el triunfalismo del gobierno, ni la connivencia de la oposición, ni los editoriales de la mayoría de los periódicos. Mucho menos me gustaron las palabras del Príncipe durante la entrega de los premios que llevan su nombre. Ni lo que escribieron Muñoz Molina y Elvira Lindo. No me gusto casi nada de lo que leí y oí esos días.


Se me ocurrió que si la ETA hubiera colocado desde el principio la palabra nacional donde corresponde, en vez de autoproclamarse Organización Socialista Revolucionaria Vasca de Liberación Nacional se habría definido a si misma como lo que es: Organización Nacional Socialista Revolucionaria Vasca de Liberación. Nacional Socialista. Nazi. Y que nadie se hubiera alegrado de que una organización terrorista nazi hubiera publicado un comunicado como el de la ETA.
Siempre me han llamado la atención esos cachorros nacional socialistas vascos que escoltan en las ruedas de prensa a los portavoces de cualquiera de las docenas de organizaciones que forman el MLNV. Sólo veo una diferencia entre los camisas pardas del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y esos matones con pendiente y peinado inconfundiblemente abertzale: la hiperlegitimación que en España impregna todo lo que tenga que ver con izquierda y nacionalismo desde el franquismo. Es más, diferencias estéticas aparte (muy a favor de los germanos, por cierto), me resultan muy similares las manifestaciones que filmaba Leni Riefenstahl y las demostraciones de fuerza de la izquierda patriota vasca.

Pensé que escribiendo algo que contara la historia de España desde la guerra civil al revés, se vería más claro que tener un alcalde abiertamente simpatizante de nacional socialismo vasco en San Sebastian no debería ser motivo más que de alarma. Y que nadie debería considerar un éxito que los nacional socialistas vascos lleguen al poder por vías democráticas tras años de asesinar ciudadanos inocentes. Igual que nadie en su sano juicio habría considerado un éxito de la democracia el que Hitler llegara al poder mediante las urnas.
Pero la historia se me ha atragantado. No consigo cuadrarla, y me impide escribir sobre otras cosas; no tengo más tiempo que dedicarle. A ver quien me puede echar una mano...